Pese a la crisis, los generadores privados están produciendo
electricidad a su máxima capacidad y la Comisión Federal de
Electricidad (CFE) está comprando energía a precios más baratos y de
gran calidad sin invertir, asegura la Asociación Mexicana de Energía
(AME).
Se trata de plantas eléctricas que operan bajo el esquema de
inversión de productor externo de energía con base en ciclo combinado,
tecnología que usa como combustible el gas natural, energético que
actualmente -de acuerdo con la Comisión Reguladora de Energía (CRE)-
cuesta 2.5 dólares por millón de BTU (Unidades Térmicas Británicas).Jaime de la Rosa, presidente de la AME, dice que la Comisión Federal
de Electricidad compra el kilowatt más económico del mundo sin
invertir, pues los precios del gas son de los más económicos que “no
había visto antes”.
Las empresas que le venden la energía a la paraestatal con contratos
a 25 años son: Gas Natural-Unión Fenosa, Iberdrola, Intergen,
Mitsubishi, Mitsui y AES. Este tipo de proyectos se comenzaron a dar en
los años 90.
Explica: “Todas las plantas de los productores externos de energía
como de la propia CFE están siendo despachadas a su máxima capacidad,
las que tienen como combustible el gas natural”, debido al precio tan
bajo y a que las plantas hidroeléctricas no están en su mejor momento.
El despacho de la energía se da en función del precio de la energía
generada dependiendo el tipo de tecnología, puede ser ciclo combinado,
hidroeléctricas, carboeléctricas, geotermoeléctricas, eoloeléctricas y
nucleoeléctricas.
“Son seis empresas los únicas que están invirtiendo bajo el esquema
de productor externo de energía y recientemente se incorporó Acciona,
que es una empresa española que tiene mucho interés en participar sobre
todo en proyectos de energías renovables, particularmente eólica”,
añade.
La CFE detalla que al 30 de junio se encuentran operando 21
centrales generadoras de productores externos de energía con una
capacidad de 11,457 megawatts (Mw), que equivale a 22.80% de la
capacidad eléctrica nacional.
Fuente:El economista

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